FWD: NAVIDAD EN EL ASILO
III. NAVIDAD EN EL ASILO
Esta historia sucedió en una capital centroamericana, donde mi esposo trabajaba
como diplomático. Faltaba una semana para la Navidad y la Asociación de esposas
de los diplomáticos había proyectado una fiesta de Navidad en el asilo de
ancianos. En mi calidad de secretaria, tuve que telefonear a todas las
asociadas para pedirles que prepararan algún plato y fueran a atender
personalmente a los ancianos. La mayoría contestaba que encantada prepararía un
pastel, pero que no tenían tiempo para asistir a la fiesta.
Me molestó constatar que tan solo ocho de treinta y cinco asociadas dijeron que
vendrían a ayudar ¡y tenemos que servir a casi doscientos ancianos!
El día de la fiesta llegué al asilo a tiempo y Gladys la presidenta de la
asociación ya se encontraba tras la larga mesa en la que cada una iba dejando
su torta. La esposa del embajador americano estaba preparando el ponche y
cortando pasteles. Las pocas señoras que se habían comprometido a ayudar
colocaban los adornos de Navidad, organizaban las sillas y realizaban los
diversos trabajitos necesarios para poner en marcha la fiesta.
Qué lástima. Habría deseado que más señoras hubieran querido ayudar. ¿Por dónde
quieres que empiece?
La cálida sonrisa de Gladys casi borró mi resentimiento. Me pidió que les
llevara la merienda a los ancianos que no podían salir de su cuarto.
Cómo no; dije agarrando una bandeja. ¡Será mejor que comience pronto, pues voy
a tardar un siglo en servirles a todos!
Empezó la música y no sé quién se puso a cantar villancicos con los ancianos,
que estaban todos reunidos en el inmenso patio del establecimiento. Yo no tenía
tiempo de escuchar ni disfrutar las canciones.
Me pasé la tarde corriendo de un lado a otro, llevando pasteles y ponche, sin
mirar casi ni de reojo a los pacientes que servía. A cada uno le daba además
una bolsa de caramelos y un regalo. Recorrí todas las alas del edificio, me
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